| La humana necesidad de festejar |
| Escrito por Gustavo M. Zavala | |
| Martes, 01 de Junio de 2010 11:51 | |
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El eco de la algarabía bicentenaria aún perdura, se siente, se respira, se lee. Esas incontenibles ganas de festejar en masa, nos sorprendió confundidos en la muchedumbre o pegados a la tele. Una celebración que ganó la calle, que memora un fervor patrio aletargado, pero siempre vivo. Pero ante todo la humana necesidad de festejar. Sí festejar pese a todo, pese a las esperanzas ganadas y perdidas, pese al mango que no alcanza, pese a la pálida diaria y el desaliento mediático. Festejar, sin pensar en el día siguiente, sin desconfiar del que está a tu lado. Festejar porque sí, porque solo una vez en la vida un argentino puede vivir un aniversario así.Una fiesta para los que disfrutan sin temores, ni pruritos de ser masa. Alguien dirá pueblo, puede ser.La fiesta que agrupó a las artes, las ciencias, las provincias, las colectividades, los militares, las religiones, las madres y que invitó a algunos actores siempre excluidos de la fiesta y de la patria: los aborígenes, que llegaron en una gran marcha el día jueves y los chicos de Malvinas.La organización propuso en los festejos -tanto en las carrozas alusivas de Fuerza Bruta como en las imágenes proyectadas en el Cabildo-, una mirada historia aledaña al revisionismo, narración marcada por procesos históricos y comportamientos sociales, más acá y más allá de los caudillos. Le imprimió un sesgo, es cierto. Tan cierto como aquel sesgo liberal que dominó los festejos de 1910.En síntesis, la historia hecha por los pueblos o contada por las elites.Y como invitados de honor, los Presidentes de América Latina. Si los representantes de nuestros pares, nuestros orígenes, nuestro destino de patria grande.Ni el entusiasmo del Chaqueño, ni las fanfarrias, ni las luces, ni las imágenes proyectadas, ni ese Show impecable, de un artista llenando el escenario, desbordando el proscenio y confundiéndose en las calles con la gente que corea de memoria sus canciones, si hablo de Fito Páez…, nada de eso, sobrepasó a la muchedumbre, auténtica protagonista de la fiesta. El espectáculo más relevante y extraño para quien escribe estas líneas fue ver a una veintena chicos y chicas deambulando por la calle Libertad, a una cuadra del epicentro de los festejos, entonando en forma improvisada y a capela la Marcha de San Lorenzo. Tamaña pasión popular no reconoce apropiaciones del fervor patrio y se mofa de las disputas analísticas posteriores. A propósito resulta asombroso el relato de un periodista de retórica florida y verba encendida, totalmente incapaz de sentir el pulso vital de las masas. “En varios sentidos, las muchedumbres porteñas miran de reojo y con fastidio el desparramo en una ciudad colapsada por preparativos de gruesa teatralidad. Se nos informa que estamos de fiesta(…)Nadie entiende por qué, ni para qué tamaño desbarajuste, pero por todas partes un patrioterismo banderillero y desfachatado pretende justificar el desorden, como si esta gestualidad callejera tan desaforada fuese equivalente a la exaltación de nobles ideas nacionales.(…)Esas gentes caminan a mi lado, rozan o chocan sus cuerpos, enajenados y miran sin ver nada. Habitan este tablado nacional de fines de la segunda centuria. ¿Estamos molestos? Claro que sí, pero nuestra reacción encarna la irritación arquetípica de esta época argentina, ya que nuestro prurito de fastidio no sale de un intrínseco aislamiento. No cambia nada.” Pese a la indiscutible capacidad de adjetivar y de los giros idiomáticos utilizados por el cronista, todo pareciera indicar que el observador siente asquito por la chuma presente en los festejos. Aún cuando ciertas miradas nublan el panorama y se aferran más a los efectos que al propio fenómeno social ocurrido, la gente con sus diferencias y sus contradicciones nos enseñó que quiere pertenecer, ser parte y no un mero espectador del relato construido. |