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Entre los embargados por la tristeza y lo embriagados por la nostalgia, me vi caminando por la plaza en un intento por transitar colectivamente ese camino que la mente traza entre la sorpresa inicial y el miedo al que vendrá. Un mecanismo inercial de los sujetos a congregarse y así transformar el dolor en energía colectiva. Un vano intento tal vez de buscar en la masa un salvoconducto que permita seguir soñando cuando el motor que canaliza algunos sueños colectivos se apaga. Y así fue que peregrinos, advenedizos, curiosos, y descubridores tardíos despidieron a aquel hombre atrapado por la infausta muerte. Lo imperioso de calibrar la real dimensión de Néstor Kirchner, choca con dos obstáculos la inmediatez y la muerte. La primera atenta contra el análisis, porque la cercanía de su presencia deja consecuencias que no permiten tomar distancia de valor histórico del personaje. La segunda tiñe cualquier análisis, por la natural reivindicación post mortem. Los medios -salvo alguna deshonrosa excepción- han trazado perfiles del ex presidente que van desde el guerrero incansable hasta el gestionador nato, algunos haciendo hincapié en la irreberencia y otros en el carácter indómito e implacable del difunto. El tiempo dirá si el fenómeno adquiere características o no de mito, pero no es la categoría mítica o heroica la que aquí interesa destacar. Por el contrario, a quien escribe le resulta más interesante destacar las condiciones, virtudes y contradicciones del Néstor Kirchner humano.
Abundaron en crónicas y columnas conceptos que enaltecen la tarea del expresidente, sobre todos aquellos que hacen referencia a su incansable capacidad de trabajo, de marcar la agenda política y de poner la economía bajo los férreos resortes del estado, o bien en términos épicos de lucha. Elogio que en si entraña una carencia, la de no hacer referencia al contenido que supo ponerle a aquellas luchas.
Su frase “no vine para dejar mis convicciones en la puerta de la casa Rosada” lanzada en el discurso de asunción como presidente en 2003, fue en parte el propósito de sus obstinadas peleas y en cierto modo aquellas palabras parecen condensar su trayectoria como presidente y mentor del proyecto político que a partir de hoy deberá continuar Cristina. Sobre todo porque extender los límites de lo posible en la era Kirchner, no siempre resultó de indagar las pretensiones de la gente sino más bien de interpelar en los intereses postergados de algunos sectores de la nación. La defensa de los derechos humanos, la ley de matrimonio igualitario o la ley de medios, no son precisamente temas que alteren el cotidiano existir de la gente, ni despierten el fervor del gran público. Corresponde entonces descartar por falso el repetido argumento en columnas de periódicos sobre la conveniencia o ventaja política que perseguía NK en su política de derechos humanos, pues difícilmente ese esfuerzo se trasuntara en caudal de votos.
Menos adhesiones generó su empecinamiento de no reprimir ni criminalizar la protesta social, sobre todo en los primeros tiempos de agitación callejera tras la explosión de 2001-2002 y ante la televisiva propagación de indignados vecinos, conductores ( de autos y de noticieros). Tengo para mi que es posible unir en la figura del extinto presidente - tal como lo marcaran algunos retratos periodísticos- la enorme capacidad para articular poder, administrar eficientemente la cosa pública, encaminar la economía nacional ( superávit fiscal y comercial, reactivación de la industria y quita de la deuda externa) y hacer realidad algunos los sueños de su generación, la de los setenta. Es decir la figura de Kirchner se acerca más a un articulador sagaz de intereses colectivos que no le reuyó al barro político, que a un idealista utópico o un héroe inmaculado, como surge de algunas pinturas épicas. Su figura omnipresente era la pieza clave de un proyecto que fue creciendo al amparo de su figura y que pretendía perpetuarse a partir de una tensa confluencia entre lideres territoriales, gremiales, movimiento sociales y aliados no peronistas. Pero hay dos actores más que definen claramente al kirchnerismo, sus adversarios y la sorpresiva llegada a los jóvenes.
Como en la disciplina marcial Aikido -la misma que aprendimos del inefable Steven Seagal, el ex presidente parecía tomar la energía del contrincante para mostrar sus fortalezas. Adversarios a los que elegía con particular enjundia y a los que exaltaba para mostrar la estatura de la batalla que había que afrontar. De algunas contiendas salió airoso, otras como la famosa “Resolución 125” le costaron el alejamiento de amplios de los sectores de la clase media. Pero lo sorprendente es que siempre fue por más, pese a la pérdida de apoyos, redoblo la apuesta. Muestra de ello es que aún sin reponerse de la derrota en las elecciones de medio término en 2009, frente al empresario Franscisco De Narvaez en territorio bonaerense, Néstor y Cristina lanzaron al ruedo una nueva ley de radiodifusión ( servicios de comunicación audiovisual, a bien decir), una de las deudas postergadas desde el retorno democrático. Una discusión que con amplia mayoría fue aprobada en el parlamento con apoyos de propios y extraños, pero que generó luego un punto de no retorno con grupos concentrados del sector mediático, léase Clarín. Pero esa pulsión confrontativa del ex presidente que a veces parecía desbordarse también era administrada con estrategias que permitían agudizar las contradicciones. Y así surge otras de las paradojas del llamado kirchnerismo, porque mientras se abrían grietas por las que se fugaban sin pausa gran parte del caudal que supo construir el ex presidente (que ingresó con un 22% de votos y llegó a tener una imagen positiva cercana al 80%) a la vez se fue creando una mística militante que no encuentra parangón en estos tiempos y que nos remonta en la historia a los albores del alfonsinismo o del camporismo.
Y como en aquellos momentos, un capricho estacional hace que el tiempo de sintonía entre la juventud y la política florezca en primavera. La diferencia es que en este caso la muerte del mentor obró como disparador para que el gran público (televisado y televisivo) descubra el enamoramiento entre los jóvenes y el líder. Fue esa algarabía la que imprimió un sello de esperanza en un tiempo de dolor y luto por la despedida del hombre que marcó una directriz que dividía aguas en la política vernácula. Así la tristeza propia de la partida pronto se cambió por un “Fuerza Cristina”, que se multiplicó como una consigna de nuevo tiempos. Pronto la dinámica diaria y la humana necesidad de continuar, nos meterá a todos en nuestra rutina, mientras los medios propagaran pelas impostadas de la fauna televisiva a niveles de disputas interplanetarias y la política buscará reacomodarse a un nuevo escenario. Atrás quedará la vida de un hombre que con sus luces y sus sombras, con maestría y con flaquezas dio el golpe de timón que permitió enderezar esta pesada nave de locos hacia nuevas aguas, a veces turbulentas en otras con vientos de cola, siguiendo un rumbo que permita avizorar tierra firme. |