La ley sobre el amor de las personas
Escrito por Gisela V. Mancuso   
Viernes, 16 de Julio de 2010 11:59
Como se ha creado un debate sobre el deseo de una minoría, me he preguntado si el Derecho debe recoger u omitir recoger a través del dictado de una ley lo que parte del pueblo considera “contrario”, sea a la ley divina, sea a las interpretaciones de las que se vale indagando a las normas vigentes. 

El Derecho no debe —si es que se propone asistirle razón a la Constitución Nacional y a la construcción misma de la vida de cada ser humano— juzgar la individualidad, las elecciones de las personas. No debe, entonces, excluirlas de ninguna institución que, como tal, denota algo “dado, construido, con permanencia” —“Cosa establecida o fundada”, dice el Diccionario de la Real Academia Española—. Las instituciones son formas, más o menos estancas. La vida de las personas —y la vida en sociedad de las personas—, en cambio, es movimiento y ese movimiento debe, a su vez, movilizar los cimientos de aquellas instituciones: la “verdad” misma va mutando según la influencia de la cultura que repiquetea la uña sobre el hombro de esa “certeza” y, así, “va siendo no verdad”, “va siendo una construcción” que pasa de moda no bien aflora una minoría, una mayoría, un grupo reducido, que no necesita que “los mas” juzguen sus actos e impidan la concreción de sus deseos más íntimos. Sino, el Derecho se trastoca: es la cristalización de una voluntad omnipotente, soberbia y, hasta marcial, que excluye a quienes se tildan de “no iguales” por aflorar elecciones diversas, por construir su propia verdad, reconocerla, y proponerse vivir en ella y con ella dentro de sus casas, y frente a la sociedad, a través del compromiso refrendado por un juez. No somos naturales: los que son heterosexuales y encabezan marchas contra el matrimonio de homosexuales, izan la  bandera de sus propias verdades, de una cultura que, no por haber permanecido por siglos, es inmutable.
Lo natural, dicen, es que exista complementariedad en el matrimonio, complementariedad que, entiendo, estaría dada por la circunstancia de que el varón y la mujer pueden unir sus espermatozoides y sus óvulos. Y, entonces, siguiendo este razonamiento, me encuentro con parejas heterosexuales que ¡viven en  contra de la naturaleza porque han decido complementarse, pero sin tener hijos! El amor, y esto  se planta frente a cualquier contraargumento, adquiere una definición particular para cada pareja. El amor es lo que “cada pareja” dice que es. Y el matrimonio, en última instancia, es el sello de ese compromiso afectivo, que existe en los hechos, que existirá en los hechos aunque las normas digan que no es amor.

Siguiendo el sentido común de los equivocados, el Derecho —al que pongo con mayúsculas aunque me genere dudas—debería obligar a las parejas heterosexuales a ser naturales, a tener hijos, pero resulta que ningún heterosexual se lo ha preguntado, ni ningún debate se ha abierto en torno a esta cuestión. Tampoco se ha dicho que, si hay algo natural, si hay algo que sí es parte de ésta y de todas las culturas, aunque hayan variado, es el amor: la corazonada de las personas, el deseo de dar y recibir afecto. En cambio, la naturaleza en la que se escudan los opresores de los deseos ajenos se aplica, con una definición muy particular, biologicista, retrógrada —y que ha sido el basamento de regímenes totalitarios— para los ajenos, y que conste que la ajenidad es un título que marcha implícito en las posturas contrarias al matrimonio de personas del mismo sexo. Entonces, con bastante pena, vengo a comprender que, amén de la instalada “discriminación” por diversas causas, parte de nuestra sociedad es xenófoba: quiere sacar del “sistema”, del “Estado”, a los que quieren entrar. Y no es necesario buscar artículos en la Constitución y en los Tratados Internacionales con jerarquía constitucional: si hurgamos en instrumentos legales para verificar si está garantizado el derecho a la vida, a la propia vida, no podremos desconocer los derechos que, invariablemente, se desprenden de aquél. Mi libertad —yo elijo la heterosexualidad, pero elijo también que en el lugar donde habito todos puedan elegir cómo armar sus vidas amorosas—, la libertad de los opositores termina donde empieza la de los demás.

Y los demás, no por ser “los demás”, “los otros”, dejan de ser dignos de convertirse en sujetos de derecho: esta dignidad nace del solo ser, del estar, de vivir aquí y ahora en una cultura que no es uniforme: hay grupos que eligen vivir bajo otros paradigmas, en la búsqueda de sus propias verdades, lo que no puede ser soslayado por el derecho, bajo pena de contradecirse flagrantemente. Porque nuestro Congreso no representa al pueblo que dice que no: representa al ser humano que, en el pueblo, pide lo que se le reconoce a “los otros”. ¿Y quiénes son “los otros”? ¿Los homosexuales, una parte relativamente pequeña de la población, que quiere ser y hacer dentro de todas las instituciones? ¿O “los otros” son los heterosexuales o religiosos que se reservan los derechos para sí? La respuesta, entiendo, es que no debería existir ese “los otros”, y que la mayoría desee una circunstancia no justifica que la minoría deba vivir fuera de sus propias circunstancias. Cuando el Derecho recoge conductas y deseos que se producen con continuidad en la sociedad, está aceptando que de la igualdad ante la ley se deriva la aceptación de las minorías, la aceptación de la vida de quienes han optado vivirla de tal o cual manera. No encuentro argumentos, que no resulten falaces, para excluir a los homosexuales de la posibilidad de contraer matrimonio. Encuentro, sí, una mayoría que, “en honor a la naturaleza”, quiere tener el control de la lluvia y del viento, del sol y de la primavera, y de las personas que quieren vivir sus vidas bajo consignas, acuerdos y complementariedades disímiles. Se habla también de las “malas influencias” que podrían repercutir en los hijos de parejas homosexuales. Y ahora, bajo el manto de una profunda ironía, me río, me sonrío, me sonrojo: me da vergüenza. La ignorancia puede batallar frente al conocimiento, pero si gana, es porque este país elige vivir —y a sus representantes les encanta, como les encanta colorear a la sociedad como herramienta política— con cifras inventadas y discursos exacerbados sobre el crecimiento de nuestra economía. ¿Malas influencias? Me consta, y sé que muchos me acompañarán en esta acotación, que en una pareja constituida por un varón y una mujer, el uno, la otra, o ambos pueden ejercer sobre sus hijos daños irreparables, daños que el derecho protege en sus expedientes ralentizados, sí, pero que no son impedimento para que muchos niños y niñas de nuestro país sean objeto, sí, objeto, de maltratos de la más variada índole y testigos de otros tantos hechos que se encuadran en la categoría de “malas influencias”. ¿Por qué? Porque cualquier ser humano puede amar. Cualquier ser humano puede maltratar. Cualquier ser humano puede hipotecar la vida de su hijo a partir de sus propias frustraciones o patologías. Decir que una pareja de homosexuales, dos personas, será mala influencia para un hijo, es dar por sentado que sus integrantes son “enfermos”, es dar por sentado “que maltratarán a sus hijos”, “es dar por sentado que en nuestro país no existen padres varones que ofician de padre y de madre, o viceversa, por diversos motivos” La mala influencia es haber escuchado una mala influencia y repetirla sine die hasta que se convierta en argumento. No sancionen la ley, está bien. Pero entonces, debatamos sobre el hambre, sobre la pobreza, sobre el desempleo, la explotación laboral. Debatamos sobre los malos tratos proferidos por parejas heterosexuales. Debatamos sobre el alcoholismo y las drogas. Debatamos sobre cuestiones que el Derecho ya protege —dice proteger—. Ocupémonos de marchar por el cumplimiento del Derecho y no por obstaculizar la creación de nuevas normas que, por otra parte, no transgreden los deseos, las elecciones y la vida de los opositores. Es sencillo: aquí no debe haber debate. No es natural que nos metamos en la vida de los otros aunque es cultural que no se sancionen estas intromisiones vejatorias. No hay debate: el debate mismo es una transgresión a la justicia. A esa justicia a la que apelo, y que tiene tantas definiciones “culturales”. Para mí la justicia es dejar que cada uno haga lo suyo, entre otras cosas, porque para muchos niños, en situación de desnutrición, o que ahora mismo incuban  enfermedades a la intemperie, la justicia tiene los ojos vendados y las piernas atadas.

Es muy sencillo decir, implícita o explícitamente, que está enfermo el que no se adapta a los postulados “naturales” de la mayoría de los habitantes. Bienvenidos, digo yo, a quienes tratan de mostrar que la única verdad que existe —y entonces son infinitas—, es la que hace cosquillas en cada uno de los seres humanos, adentro de sus propios pechos. Y en sus almas, tan olvidadas por las leyes del amor entre las personas.
 

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