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Espectadores, rating y opinión pública. Por qué reclamamos lo que luego no elegimos con el control remoto.
Luego de analizar el texto de Gerhart D. Wiebe titulado “Dos factores psicológicos en la conducta del público en los medios masivos de comunicación”[1], de leerlo y contrarrestarlo con las respuestas a la encuesta efectuada, se pueden ratificar, para nuestra sociedad en su faceta de consumista de los medios masivos, que hay una tendencia, sobre todo en el público intelectual, a criticar el contenido de los programas populares calificándolos como “detestables, carentes de valores, sin cultura”[2], “deplorables, de muy bajo contenido cultural”[3], opiniones que representan a la mayoría de los profesionales encuestados. Sin embargo, las mediciones del rating documentan una alta concurrencia con respecto a los programas que actualmente están en difusión, asistiéndole razón al autor estudiado en cuanto a que los intelectuales reclaman contenidos culturales; pero en los hechos, se prefiere lo ligero, lo superficial, lo trivial. En este sentido “la gente expresa verbalmente más interés por una buena programación que la demostrada por su conducta televisiva”[4], verificándose una relación inversa entre la cantidad de público y las cualidades culturales del programa de televisión en cuestión. El autor analiza pautas de conducta psicológica y sociológica, independientes de los medios masivos, a los fines de identificar la utilidad del accionar observado por el público. Por un lado, llega a la conclusión de que efectivamente los medios masivos de comunicación eliminan a un otro real, pero maximizan la gratificación inmediata de las necesidades del televidente y minimizan su esfuerzo intelectual, reestableciendo la oportunidad de disfrutar de la estructura inicial (infantil) de tomar sin allanarse a las necesidades recíprocas del que da. Por otro lado, analiza la resistencia del individuo al proceso de socialización; encontrando en éste tres fases: directiva, protectiva y restaurativa; fases éstas cuyos aspectos se hallan involucrados en tres categorías de mensajes correspondientes. La conducta del público es una respuesta a aquellos; en muchas ocasiones, dándole a un mensaje una finalidad diversa de la que le dio su emisor.
Ahora bien, siguiendo con la relación del texto y las encuestas efectuadas, advertimos que hay una predisposición psicológica a no invertir esfuerzo intelectual alguno cuando se encuentra ausente una figura de autoridad; lo que sucede frente a un mensaje directivo. Prueba de este ‘no querer esforzarse intelectualmente’ se halla en la conversión que a menudo hace el público, transformando un mensaje directivo en uno protectivo, a través de un proceso de autoselección. “La gente elude el esfuerzo intelectual requerido por una auténtica situación de aprendizaje, prefiriendo mensajes que reseñan o embellecen o elaboran lo que ellos ya saben. (...) la gente oye lo que puede situar cómodamente en el contexto de su conocimiento actual”[5], de manera que este reclamo, suscitado en las respuestas de la encuesta, es infundado, por cuanto la conducta observada en los hechos, y en los documentos que registran el rating, dan cuenta de una realidad diversa. Los contenidos de los programas actuales son aprobados; ergo, la sociedad elige lo que tilda de “mediocre, deplorable, de bajo nivel cultural”, y rechaza, por falta de predisposición, aquello que le exije mucha concentración (directivo) o está atento a aquello que reafirma lo que ya conoce (conversión a protectivo). Similarmente sucede con las críticas formuladas con respecto a contenidos “violentos, sexuales en demasía, etc”[6] (mensajes denominados restaurativos –de la socialización-), desconociendo que esta oferta televisiva constituye “un compuesto recíproco de los valores acentuados en la socialización adulta” [7], atendiendo, aunque simbólicamente, a una necesidad de represalia contra el sistema establecido. El cambio de ‘plan’ propuesto por las respuestas analizadas producirían un efecto negativo en torno a la descarga simbólica que este tipo de mensajes facilita.
Concluimos, entonces, que la exigencia y los reclamos de los televidentes no tienen base en sus propias conductas a la hora de sentarse frente al televisor; que los contenidos actuales son ‘elegidos’ por el público y éstos abastecen una renuencia natural a encarar al otro, generan gratificación intrapersonal de impulsos con la predisposición adecuada y no exigen esfuerzo intelectual. Y así se quiere, aunque no se lo admita.
________________________________________ [1] La comunicación de masas, Heriberto Muraro. [2] Respuesta de Martín, 27 años, Licenciado en Ciencias Políticas. [3] Respuesta de Mario, 42 años, abogado. [4] The peoplo look at television, Ser, citado por Heriberto Muraro. [5] La comunicación de masas, Heriberto Muraro, pág.113. [6] Respuestas a encuesta en general. [7] La comunicación de masas, Heriberto Muraro, pág.115. (*) Gisela Vanesa Mancuso, abogada, redactora, escritora.
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