| El justo equilibrio |
| Escrito por Gisela Mancuso | |
| Jueves, 08 de Julio de 2010 00:52 | |
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De repente, en la sociedad desapareció la inseguridad. Ya no roban, no secuestran, y los titulares de los noticieros, aun de los tremendistas, consisten en pronósticos acerca de los partidos. ¡Hasta hay lobos marinos y pulpos que anticipan el porvenir! Estos pobres bichos, entrenados para tal objetivo, reemplazaron al INDEC. En conclusión, hoy no hay desempleo, no hay hambre, no hay inflación, y la leche, los huevos, el azúcar lo mismo da que cuesten tres o diez pesos. El mundial borra, como tristemente borró en la época de la dictadura, los males sociales de nuestro tiempo. Creo, de todas formas, que hay algo que sí es bonito: podemos aprender a mirar el mundial con ojos de patriota; podemos recuperar, aunque sea por un tiempo —sería ideal que la restauración durara para siempre— las tradiciones, los valores que nos constituyen como Nación —sin olvidar que para los digitadores del mundo político este y todos los mundiales son una pantalla, un respiro de protestas, y hasta una esperanza de que si ganamos, ya ni el campo, ni los jubilados, ni nadie, reclamará nada por un tiempo—. Entonces, la justa medida. La dificultad de encontrar ese equilibrio. Pongámonos la camiseta. Sí, llevarla puesta, aun con esta polera verde que me viste, me hace sentir cuidada y hasta me resulta más seguro salir a la calle cuando gana Argentina: siento que “somos”, siento que “soy en el somos”: un ratito de bocinazos y brazos en alto me retrotrae a los viejos tiempos en los que salía a jugar a la puerta y había un barrio, había vecinos, había una contención social y, si había violencia, siempre era lejos, siempre era cosa de noticieros que reflejaban una realidad distante. Por eso, la propuesta es mirar el mundial, sin perder la visión crítica, sin dejar de resaltar aquello que, de pronto, aparece, reaparece, y, de pronto, desaparece y volvemos a ser, individuos, indiferentes, ajenos al “somos” desintegrado. Llevemos en el corazón a nuestro país y a nuestra camiseta, pero seamos realistas: no por ganar, Argentina ganará, de repente, todas las batallas que se suceden todos los días. ¡Qué necesidad hay de que eso suceda! ¡Qué negación prolifera entre la gente que ha desdibujado sus malestares depositando su tiempo, su corazón y su cuerpo en este Mundial! Hay una vida real. Y esta competencia es como una utopía, como la Matrix: genera la construcción de una realidad paralela. Pero nada de eso, no. Es momentáneo, es un parche; es algo así como comprarse una cartera cuando se está triste: la tristeza se va por un ratito, la cartera sigue siendo linda, pero el fondo solo recibe una caricia fugaz. El fondo necesita más atención. Es necesario que los ojos del “somos” y de los representantes del “somos” trabajen, paulatinamente, para que se resuelvan —se morigeren— problemas. Grandes problemas que se pondrán nuevamente al descubierto, no bien termine el Mundial. Si ganamos, tal vez, se reproduzca la solidaridad en las calles. Si se reproduce la solidaridad en las calles, como viene sucediendo, entonces significa que somos capaces de ser sociales, de aunarnos en valores, tradiciones, que nos identifiquen, y que nos hagan ver en el otro, un poco de nosotros, un poco de ese “somos” que se borronea, que se borra “cuando no se juega a la pelota” y, se juega entonces, a volver a la rutina. Conectados pero solos. Agresivos en las calles. Irritados. Cansados. De correr detrás de un balón que se hace cada vez más grande. Que se hará más pesado en tanto sigamos poniéndole disfraces esporádicos a esta sociedad convaleciente. |