El pasado es historia. La historia es un relato. Relato que se escribe, reinscribe, reinterpreta. El presente fueron lágrimas, emoción, banderitas en alto, algunas boinas blancas, claveles rojos y blancos y una larga procesión. Fue el presente llorando al pasado.
Los peregrinos Aquello fue algo más que una despedida a un ex presidente, fue también un ritual para recordar que alguna vez una sociedad tuvo esperanzas. Seres empeñados en reunirse para buscar nuevas ilusiones en aquellos antiguos sueños desempolvados por el viejo líder. Una vez más el milagro de las congregaciones cívicas, esta vez para despedir a un hombre. Ojos húmedos y rojizos, abrazos que se encontraban ya viejos, representando otros abrazos de veinticinco años atrás. Rostros jóvenes pretendiendo revivir, algo que le contaron que pasó, aunque no sepan quien fue Sourrille, el Plan Austral, La primavera radical, la Coordinadora, Caputo o Don Juan Carlos Pugliese. También las había señoras, justo es decirlo, que esperaban salir a la calle como aquella vez, “como en el 83”, y que permanecían perplejas sabiendo que en todo estos años los cuerpos pobres y marginales copaban las calles. Se alegraron en 2009 con las cacerolas de Palermo que hacían eco de manifestaciones venidas de lejos, allá donde la llanura deja ver el horizonte. Olvidando que el líder que despedían mereció todo el desprecio ganadero, al ser abucheado en 1988 en el predio de La Rural, también de Palermo. Se fue, como se fueron muchas cosas de esa época, como se fue Olmedo, como se fue Luca, como se fue la revista Humor o Miguel Abuelo, o el papel glasé, como se fueron las zapatillas Flechas –no las by Kosiuko- como se fue Castello y sus canas, las galletitas Manon, como se fueron los chupetines mu mu, el paté Safra, Federico Moura, Tato Bores o la palomita de canal 9. Aquella peregrinación era también la última plegaria a una década de sueños que parecía olvidada. Se fue el hombre al que le cargamos la paternidad de la democracia, porque era más fácil buscar un padre político, que reconocer que salió del vientre de muchos seres, algunos que nunca llegaron a ver el alumbramiento. Ese hombre con cara de bueno y con la autoridad que dan los bigotes en sujetos de carácter, fue más bien el custodio de esa construcción endeble por aquel entonces y tan pasible de ser desmoronada, por los profetas del odio. Sería sano y hasta pedagógico recordarlo y reconocerlo como un hombre. Un hombre que fue presidente, senador, padre, amigo, militante, doctrinario y un apasionado por el país y las ideas. Alguien que tuvo coraje y también miedos, como todos los hombres, pero que cargó con responsabilidades que él quiso asumir, más otras tantas que le adosamos, sin saber siquiera sin el podía o quería asumir.
Los alfonsines Alfonsín, era también alfonsines. Cada uno tiene su Alfonsín. Para muchos es el pacifista, al menos los medios y la gente buscó acentuar ese perfil. Aunque prefiero para mi el Alfonsín que se enojaba, el confrontativo, el que se peleó con la iglesia, para sacar la ley de divorcio, también ante hombres de sotana y uniformes, en medio de una misa saltó como leche al púlpito de la Iglesia Stella Maris para contradecir al cura que cuestionaba políticas anticlericales. El que se le animó a las cúpulas militares, cuando aún contaban con poder y los diarios le prestaban espacio para firmar solicitadas. El que peleó contra la burocracia sindical, buscando abrir el juego para la libertad gremial, aún cuando perdiera. El que trató de “actitudes fachistas por no respetar al orador”, a quienes lo silbaron en la Sociedad Rural. El que mantuvo inquebrantable la posición argentina entre los países no alineados en la comunidad internacional. Cada uno elige a su Alfonsín. Otros prefirieron recordar sus agachadas, sucede que también fue el del Pacto de Olivos ( una vez más creyó ser padre y decidir por nosotros, no entendió que ya estábamos en condiciones de elegir y que la sociedad rechazaba los pactos entre jerarcas). Sucumbió también ante los carapintadas, dictando leyes de perdón e impunidad, el mismo al que años más tarde enfocaron en el senado con un papelito que decía “cajonear”.
Convicciones de un batallador Aún asi, con sus contradicciones, era un hombre de fuertes convicciones, en tiempos que las convicciones, no convencen demasiado. Fue sin dudas un respetuoso del disenso, pero ante todo un batallador de las ideas. Don Raúl, usted ganó, perdió y empató muchas veces. Pero su sabiduría le enseño que lo importante de un político es transmitir ideas. “No sigan hombres, sigan ideas” se repitió en estos días como frase simple y llana para la posterioridad. Si su mensaje prende, usted habrá ganado una vez más y para siempre. Será el gran legado del hombre, la contienda más memorable de un batallador. |