A rodar mi vida
Escrito por Gustavo Zavala   
Viernes, 28 de Agosto de 2009 11:10

Comenzó el Torneo Apertura 2009. La pelota se echó a rodar sobre la gramilla. Los equipos salieron a batallar por la tenencia del balón y por la gloria de depositarlo allí en el fondo de la red. La novedad de todo esto, es que pudimos verlo. Sí, en vivo y en directo, sin la angustiosa espera habitual hasta la medianoche dominguera. 



En los anales de los archivos televisivos quedarán aquellas desgastantes transmisiones de noventa minutos, enfocando hinchadas, futboleros enardecidos y pulposas mujeres mirando a cámara en la tribuna, mientras los relatores nos contaban un partido que estábamos impedidos de ver. Algo así como radio por televisión (sin la magia de la radio ni la magia de la televisión). Generando una insólita competencia entre dos señales (TyC Sports y Fox Sports) para ver cual enfocaba mejor las tribunas.
Artilugios que llegaron al paroxismo, a través de muñequitos informatizados que reproducían los goles de la fecha que no podíamos ver, un triste hallazgo de Canal 9 para aliviar la espera.
Bares y estaciones de servicio atestadas los días sábados o domingos para ver fútbol, eran un paisaje de extraña normalidad en la patria futbolera argentina. 
El nuevo paradigma de fútbol televisado que comenzó el pasado fin de semana,  poco a poco fue despegándose de la antigua cáscara y de las críticas más o menos intencionadas de entendidos y no tanto. Y el hacedor fue el mismo tipo que sumió a una pasión popular a un fútbol para pocos, el inefable Don Julio Grondona. 
¿Qué hace el Estado metiéndose en un negocio de privados, hociqueado en un contrato de televisación de partidos de fútbol? Corresponde que el estado destine dineros públicos a la difusión del fútbol, mientras cifras oficiales y no oficiales determinan el crecimiento de la pobreza?   Interrogantes que por estos días se expandieron por efecto eco en redacciones, estudios de radio y sets televisivos.

Amen de las injerencias más o menos solapadas, la determinación objetiva de dar ruptura anticipada al contrato de televisación con Tyc-Clarín, fue la Asociación de Fútbol Argentina. Un extraño contrato que comenzó allá por 1991 y terminaría en 2014, una extensión inusitada para un contrato que solo se equipara a las concesiones de servicios públicos o recursos naturales. La concesión de una mina o de un pozo petrolero requiere años de inversiones millonarias para obtener ganancias, mientras para televisar un evento, se necesita el armado de un equipo de transmisión más o menos complejo, que obtiene ganancias desde el comienzo (sin por esto obviar las ineludibles mejoras que tuvo la televisación en el medio local).

No se encontrarán en esta columna los fundamentos para una rescisión anticipada, para ello habrán trabajado contra reloj y jugosos honorarios mediante, los letrados de la AFA.
Aunque si podemos detenernos en los resultados a más de quince años de aquella decisión.

¿Dieciocho años no es nada?

La televisión hizo un monumental negocio. Desde hace 18 años, sucesivas prórrogas mediante,  TSC (Televisión Satelital Codificada), tiene (tenía) la exclusividad de los derecho de televisación del fútbol. Los principales accionistas de TSC, son Torneos y Competencias y el Grupo Clarín.
Esta situación puso con los años a TyC  través de las señales Tyc Sports y Tyc Max en una posición claramente dominante y monopólica en las trasmisiones. A la vez que fueron quedando en manos de las mismas empresas, la transmisión y la distribución de la señal. Esta practica reñida contra leyes de defensa de la competencia y la concepción antimonopólica del capitalimo occidental, aquí no mereció durante años ninguna objeción.
El fútbol tanto aquí como en Europa, es el principal dulce para conseguir abonados al cable. Conociendo esta lógica y haciendo pesar sus ventajas, el Grupo Clarín logro quedarse con los principales cables del país. Una práctica que muchos cableoperadores del interior han denunciado como extorsiva.
Traduciendo el negocio en números de usuarios, cinco millones seiscientos mil abonados al cable en el país y unos ochocientos mil suscriptores al sistema codificado.
Mientras una de las partes del contrato creció exponencialmente la otra parte, es decir los clubes, solo lograron expandir sus deudas, hasta llegar a un rojo furioso ($700 millones según algunas estimaciones).
Como principal defensa la empresa TSC y su ignoto Gerente Sr. Marcelo Bombau, manifiesta que la empresa ofrecía $268 millones para la temporada 2009/2010, y adelantar dinero para la deuda que los clubes tiene con Futbolistas Argentinos Agremiados. Una cifra suculenta que sin embargo, no logra esconder el fenomenal volumen dinero que gana la televisión gracias a la materia prima fútbol, mientras los generadores del negocio, los clubes mendigan dinero. Tampoco logró explicar este ignoto Sr. Bombau es porque jamás efectuaron las rendiciones que pedían los clubes sobre el negocio del fútbol.
Pero hay un actor fundamental en este negocio, que no interviene en contratos, ni es consultado al tiempo de efectuar prórrogas ni aumentos arbitrarios, el público.
En estos dieciocho años, el espectador televisivo fue el que recibió el mayor maltrato. Los partidos de primera división con los años fueron desapareciendo de la televisión abierta (recién en 2008 accedimos a algunos partidos por el canal 7). Así se vio obligado a contratar un sistema de cable para seguir a su equipo. No bastando con ello, poco tiempo después los principales partidos pasaron al sistema codificado. El dilema era pagar más para ver los partidos codificados o resignarse a ver algún clásico en bares, estaciones de servicio, o en la casa de afortunado vecino que gozaba de este beneficio o acudir a la viveza criolla de comprar un decodificador trucho.
Aún a riesgos de simplificar demasiado, diremos que el panorama es el siguiente: un producto que genera millones, empresas de televisión que ensancharon sus ganancias, clubes cada vez más pobres y un público cautivo de decisiones arbitrarias, con crecientes dificultades para acceder a su pasión.

A los que plantean que destinar dineros del fisco para que la gente vea fútbol gratis, es restar dinero para políticas que combaten la pobreza, habría que preguntarles si mañana dirán lo mismo ante un eventual aumento de fondos para sostener teatros, polos científicos, cines de barrios, bibliotecas culturales, centros de recreación para jubilados. ¿Es acaso la estrecha concepción del vocablo “cultura popular”, lo que les impide comprender la medida?
Encargar una encuesta enfocada a los sectores de menores recursos, con la escueta consulta: ¿considera qué el estado debe intervenir para que todos puedan ver fútbol?, sería tal vez una fantástica idea. Curiosamente a los medios privados, tan afectos a la encuestología,  está idea no se les ocurrió.
Este breve racconto tal vez sirva para empezar a buscar respuesta a los interrogantes plateados. 
La televisión, es un servicio de interés público, más allá de si la prestación la efectúen sectores privados o estatales. Y el estado debe velar por la pluralidad y alcance de estos servicios de comunicación. Desentenderse implicaría no solo incumplir con su rol de protector y garante sino además un signo de desprecio por esa pasión inexplicable que sale de las entrañas de todos los sectores sociales.
 

 

 

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