A José Saramago
Escrito por Gisela V. Mancuso   
Lunes, 21 de Junio de 2010 14:56

(16 de noviembre de 1922 – 18 de junio de 2010)


Dejaste el haber existido. El haber existido y haber hecho existir a seres (¿personajes?) que existen, que existieron, que existen. Porque después de tu obra, si quien la leyó fue tu lector modelo, comprendió —se desilusionó incluso— que estábamos (¿estamos?) un tanto ciegos, y que la lucidez es relativa. Que muchos —yo creo que la mayoría— están aún dentro de la caverna, y que aún no han salido a ver el sol que no por ser sol ilumina, muestra, pone de resalto solo lo hermoso que tiene la vida. Seguirás viviendo en todos los nombres y en el evangelio que cada persona se redacte: tus personajes fueron, son y, si la hostilidad perdura, serán personas. Ciegas algunas. Salvajes otras. Incluso muy religiosas unas cuantas. Y otras empezarán (o empezaron) a mirar las “escenas” de la sociedad moderna con los anteojos de tu inteligencia. Con la vista de tu lucidez, de tu cordura. Has salido de la caverna mucho antes de haberte ido de esta otra caverna inmensa en la que estamos los que seguimos estando en el sentido de estar presentes en cuerpo. Y yo admiro a los que han visto la luz, y no se han opacado con embozos fugaces, y admiro a los que, como vos, también han mostrado con su escritura lo que para muchos pudo haber sido una sugerencia literaria. En lo que a mí lectura respecta, fue (es) un espejo, literario sí —brillantemente literario—, pero un espejo que nos ha revelado desnudos, sin plata, sin últimos modelos. Con la cara lavada. Con las ojeras de la mañana. Con las pestañas cortas. Pero con los ojos bien abiertos. Te miro, desde acá. Y te admiro, desde acá. Y me quedo, acá, para intentar, para rozar un poco, un poquitito, tu forma de transformar una historia en un mundo narrado que se parece mucho a este mundo imperfecto.  
 

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