La mirada literaria
Escrito por Gisela Mancuso   
Jueves, 10 de Junio de 2010 10:12

Comentarios sobre la novela de Federico Jeanmaire, Más Liviano que el aire, Premio Clarín de novela 2009


La historia de un intento de hurto que, en la sociedad actual de nuestro país, es el presente que se convierte en pasado tan pronto como una nueva historia se cuela en nuestros ojos y en nuestros oídos a través de la televisión, y esto, en tanto y en cuanto no seamos las víctimas de un despojo personalizado y entonces no hay pantalla mediante, y hay una cara, un temblor, una vivencia. O, ¡vaya a saber uno!, una última vivencia. Sin embargo, la narradora construida para manipular la historia marco que, si no nos tiene como protagonistas, amenaza con involucrarnos, es una mujer (de noventa y tres años) que encuadrará en su monólogo —el ladrón no tiene voz en la novela, aunque la narradora “lo escuche”— otras historias, también construidas sobre la base de una realidad palpable en la sociedad moderna. Porque “más liviano que el aire es el deseo de cualquier mujer” es un latiguillo para que la narradora pueda abordar las “diferencias” de género, pero también será una revelación frente a las “discriminaciones” de género que no hallan fundamento en la diversidad de circunstancias porque, claro, los varones no son como las mujeres, pero, como seres humanos, no nos diferenciamos —nunca— en cuanto a que somos portadores de deseos que añoramos concretar. En eso, no hay diferencia. Porque, ante todo, la mujer —ese ser humano que, desde el propio lenguaje, “incluimos” cuando decimos, por ejemplo, “Los hombres del mundo”— es, al igual que el varón —y aquí lo reitero para que no se olvide—, un ser humano. Un ser humano que, por las irradiaciones de la cultura del tiempo del relato, y en el contexto de la historia enmarcada en Más liviano que el aire, los ha reprimido, no se ha dado cuenta de que los tenía o ha pagado un alto costo por concretarlos; básicamente porque ha sido cosificada (y porque ha permitido que se le “determinen” — ¡qué feo leerlo!—  sus roles y lugares en el mundo). Y aun hoy, sí, aun hoy, un tiempo de “matices”, en que se encuentran camufladas las restricciones y proscripciones a las que es sometida; aun hoy, quería decir, los deseos femeninos llevan puestos la mochila de los prejuicios culturales del pasado, del que quedan sedimentos, seudópodos, restos que se instalan en el mismo lenguaje que, como una forma de construir la cosmovisión del mundo, conlleva a un accionar consecuente (y a una serie de omisiones consecuentes en todas las áreas de la vida social), y desde la misma palabra. Porque decir, no cabe dudas, es hacer. Porque decir “hombres” para referirse al ser humano, es también no decir “mujeres”. Y es entonces excluirlas de algún modo, de varios modos. Por eso en Más liviano que el aire, el protagonista, cuya voz es callada en la escritura, es un hombre, un varón. Y quien habla, quien narra es Rafaela, y Rafaela habla de su madre, y al adolescente encerrado, al ladrón, se le permite la palabra, aunque no quede ninguna huella en el acto de escritura de la novela, no como una manera de censura, sino como una forma de revelación, como un decir “Ahora me toca hablar a mí, de mis deseos, de los deseos de mi madre”. Y qué halago tan grande, para esta sociedad en la que subsiste aún el machismo, muchas veces solapado desde el habla, que el autor sea un hombre. Que el autor que construye a una mujer narradora, sea un hombre. Un hombre que deseó que una mujer hablara de sus deseos, que una mujer pudiera elegir entre el blanco y el negro, sin que ningún varón se anteponga a la elección. Es un halago que este escritor haya enmarcado con una historia, la historia de la mujer en la sociedad. Es un halago que haya puesto en palabras, y que no haya callado, la proclama de los deseos que le fueron hurtados en el pasado. De los deseos, tan livianos, que aún son víctimas de la inseguridad. No sé si Jeanmaire quiso decirnos esto. No sé si quiso decirnos lo que yo dije que dijo su narradora, pero me tomo el atrevimiento, de completar la novela, siguiendo la línea de pensamiento de Umberto Eco, para apropiarme de ella como lectora. Para completar la historia, a mi manera, y con mis deseos. Con los deseos que tengo de que la novela diga lo que mis deseos quieren que diga. Como mujer y como lectora. Afortunadamente, el sustantivo lector admite la modificación de género; de lo contrario, se me hubiera hecho difícil concluir mi crítica, mi admiración, mi parecer. Y aun la expresión de mi esperanza de que, pronto, prontito, y no sin continuar en la lucha, ratifiquemos esta cuestión de que el aire pesa menos que el deseo de cualquier mujer. Como pesa menos que el deseo de cualquier ser humano.
 

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